Nuestro reflejo en el espejo

Una serie puede ser muy buena a pesar de no ser especialmente original. En ocasiones su calidad se debe a que está muy bien hecha y a que cuenta con unos actores con muchas tablas, aunque la trama pueda ser ya conocida. Es el caso de Wallander, la adaptación de algunas de las novelas de Henning Mankell protagonizada por Kenneth Branagh, en la que se siguen muy fielmente los libros.

Eso sí, son pocas las series que realmente te sorprenden y te dejan con la impresión de no haber visto antes algo parecido. Sin duda es lo que sucede con Black Mirror.

Desde el punto de vista formal, esta producción adopta un formato típicamente inglés: una miniserie de solo tres capítulos por temporada. Teniendo en cuenta que los parámetros ortodoxos los marca la industria estadounidense y que, hasta donde yo sé, este formato no se ha utilizado en Hollywood, esto ya sería un rasgo diferenciador, si bien es cierto que también lo encontramos en Sherlock, Wallander o Luther, entre otras series británicas.

Otro rasgo característico es que cada capítulo cuenta una historia independiente y está protagonizado por distintos actores. Aunque esto podría convertirse en una desventaja, los diferentes personajes están conectados por un hilo invisible que no permite dudar en ningún momento de que estamos viendo un capítulo de esta serie. Ya estén ambientadas en el presente o sean claramente futuristas, la relación que los protagonistas mantienen con la tecnología es el eje central de unas historias que nos dejan con una sensación ambivalente: por un lado, ese enorme disfrute cuando uno acaba de ver algo que le ha encantado y que desearía que no hubiese terminado tan rápido; y por otro, una inquietud y un escepticismo creciente que te llevan a observar con incredulidad las pantallas apagadas del televisor, el ordenador, la tablet o el smartphone (esos “espejos negros” a los que se refiere el título). ¿Llegaremos realmente a los extremos que se describen en Black Mirror?

Lo más inquietante es que, al ver los capítulos de las dos temporadas rodadas hasta el momento, nos quedamos con la sensación de que lo que cuentan todavía no ha ocurrido, pero podría suceder mañana. Las nuevas tecnologías han abierto nuevas puertas y han permitido nuevas formas de comunicación y de activismo (algo sin duda positivo), pero también han acentuado una tendencia que reduce el valor de los individuos a su función de consumidores y espectadores.

Hace un par de años ya, Charlie Brooker, su creador, escribió un magnífico artículo en The Guardian (en inglés) en el que explicaba qué le llevó a escribir estos guiones y en qué se inspiró. En él, Brooker se preguntaba: “Si la tecnología es una droga (y desde luego parece una droga), ¿entonces cuáles son sus efectos secundarios?”. Es una pregunta muy válida que genera nuevas preguntas en lugar de respuestas.

Una advertencia: si ves Black Mirror puede que descubras que estás más enganchado de lo que creías.

Por Serendipity

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MIRRORING OURSELVES

A TV show can be very good, even if it is not extraordinarily unique. Sometimes, despite having a popular plot, its quality owes to its excellent manufacturing and to its experienced cast. This is the case in Wallander, based on the novels by Henik Mankell and starred by Kenneth Branagh, which accurately follows the books.

Now, very few TV shows can really surprise us and leave behind the sense of having seen something completely new. No doubt, this happens withBlack Mirror.

From a formal perspective, this production takes a typically British format: a mini-series consisting in only three episodes each season. Considering the accepted standards are set by the American industry and, as far as I know, that format has not been used in Hollywood, this would be a distinguishing feature, even though it is true that we can also find it in Sherlock, Wallander or Luther, among other British shows.

Another peculiar feature is that each episode tells a separate story and is played by different actors and actresses. Even if this could turn into a drawback, different characters are linked by an invisible thread that makes crystal clear we are watching an episode of this TV show. Regardless if the plot is set nowadays or clearly in the future, the relationship between people and technology is the backbone of several stories that leave us with mixed feelings: on one side, this huge joy we feel when having watched something we loved and that we wished it wasn’t over so quickly; and, on the other, the unease and increased skepticism that lead us to distrustfully look at the turned-off screen of the TV, computer, tablet or smartphone (those “black mirrors” that the title refers to). Will we really reach the extreme situations described in Black Mirror?

The most troubling thing is that while watching the episodes from the two seasons so far, we have the feeling that what they are telling us has not happened yet, but it could happen anytime.  New technologies have opened new doors and have allowed for new ways of communication and activism (something undoubtedly positive), but they have also highlighted the trend that reduces people’s value to its role as consumers and watchers.

A couple of years ago now, Charlie Brooker, its creator, wrote a remarkable article The Guardian where he explained what moved him to write these scripts and where his inspiration came from. In the article, Brooker wondered: “If technology is a drug (and of course it seems to be a drug) then, which are its side-effects?.” It’s an appropriate question that leads to new questions instead to answers.

Warning: if you watch Black Mirror, you might realize you are more addicted than you think.

By Serendipity

 

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Una respuesta a “Nuestro reflejo en el espejo

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